I do things with words

de la reinvención al desencanto: una generación

Me siento engañada, pero no puedo decirlo, al menos no en voz alta. Porque siento que si me atrevo a pronunciar mi enfado, seré tachada de egoísta, seré juzgada y me sentiré peor todavía.

Desde que empecé la carrera, allá por el 2010, comenzaron los avisos: ustedes, periodistas, no sabéis donde os estáis metiendo, este sector está arruinado, está cambiando todo, es una época de transición, la Gran Crisis del Periodismo, Wikileaks y Twitter y toda la crisis económica arrastrada desde el 2008. Nos dijeron que aguantáramos, que el primer año de carrera era el peor, que todas las asignaturas que cursábamos eran “conocimiento base” para luego comenzar el “verdadero aprendizaje” del periodista.

En tercero quise dejar la carrera. No entendía qué tenía que ver todo aquello que estudiaba con lo que una vez me dijeron que llegaría a ser. Me fui a Madrid con las ideas claras. Después a Francia con la esperanza de salvar mi amor a un oficio. De vuelta en Madrid, la imposibilidad de ejercer como periodista era ya evidente. Recuerdo esa entrevista que me hicieron en El País para un puesto en el departamento de marketing. El periódico donde siempre había querido trabajar me entrevistaba para vender y no para escribir. Aún recuerdo ese día de septiembre, pateándome las calles de Madrid con una carpeta bajo el brazo, cuando me di cuenta de que jamás me ganaría la vida como periodista.

Ese día también empecé a “reinventarme”, una palabra que los de mi generación podemos definir sin dificultades. Reinventarse es renunciar, no es perder ni ganar, es reaprender. Por un tiempo pensé que tampoco estaba tan mal eso de aprender un  poco de todo, probar de aquí y de allá, como si de un bufet de comida rápida se tratase. Renunciamos a las cenas de restaurante a la carta, si es que alguna vez habíamos podido permitírnoslas. Pero no solamente renunciamos, pensamos también que esa reinvención que nos vendieron nos traería la felicidad que tanto ansiábamos.

Pensamos que reinventarse era crecer, hacerse fuerte, superar obstáculos. Mentira. Nos vendieron el mito de la Resiliencia y nos lo creímos. Como si fuéramos guerreros y no meros vendedores de aspiradoras.

¿Saben qué? Si retrocediera en el tiempo, no dudaría en cambiar la carrera que estudié. Lo siento, Periodismo, pero así es. Lo siento porque, a pesar de todo, en mi interior sigo creyendo que soy periodista, que veo el mundo como una periodista y que esa mirada que la carrera solo me adiestró, ahora es fiera y escéptica. Puede ser incluso que decidiera no estudiar ninguna carrera en la universidad. Probablemente, me decantaría por la tradicional Filología Hispánica.

Soy consciente de que voy a vivir peor que mis padres. Hace unos años todavía me mostraba reacia a aceptarlo. Ahora la aceptación me permite seguir mi camino, al menos ya sin culpa, pero sí con miedo.

He empezado este artículo diciendo que me sentía engañada. Creo que muchos de nosotros nos sentimos así. Como si la sociedad en la que hemos aprendido a aprender en realidad no existe. Que por mucho que te esfuerces y te reinventes acabarás en la misma mierda. Y perdonen mis expresiones, pero si no lo han notado, estoy enfadada.

¿Que, qué hacemos? Quizás es el momento de que hagamos, de una ver por todas, lo que nos dé la real gana. Y que nos llamen jóvenes sin vocación, que nos llamen Generación Perdida. Así llamaron a Hemingway y compañía. Que nos tilden de inestables y que nos tachen de egocéntricos.

Tengo amigas que han padecido ataques de ansiedad debido a las consecuencias por el cambio climático. La protección de datos también nos atormenta. La lucha feminista llega incluso a ser tomada por capricho millennial.

Y aún así seguimos ahí: estudiando másteres, formándonos, aprendiendo sin parar, sin descanso. En mi caso, ya van dos grados y dos másteres, y no sé cuántos títulos de idiomas. Y todo ¿para qué? No tengo ni una casa en la que pueda enmarcar los títulos y colgarlos en la pared. Así estamos.

Cuando la rabia desaparece, deja paso a la pena. En realidad, la rabia no deja de ser pena camuflada con un traje de guerra. No dejo de sentir pena por todos nosotros.

Hace poco, una hija de una amiga de mis padres me pidió consejo sobre el Doble Grado que cursé. Fui lo más objetiva posible, pero al final acabé sincerándome y le dije que pensara realmente qué quería hacer con su vida. No sé cómo llegué a sentirme culpable de decirle: no estudies eso, de verdad, o estúdialo aquí, no te vayas a Madrid (siempre pensando que si se echaba para atrás aquí tendría más fácil la posibilidad de cambiar de carrera).

Las decisiones que he tomado a lo largo de mi vida tampoco me han repercutido tanto. Pues siento que otros las tomaron por mí. Siento que alguien, ajeno a mí y a todo lo que me define, me fue guiando por un sendero que acabó en la reinvención y en la precariedad.

En la culpa solo encontraba inacción. La culpa del que se siente insuficiente y poco guerrero, por llamarlo de alguna forma. Porque así nos vendieron la vida laboral: como un campo de batalla.

Cerca de la treintena, me planteo mucho y poco. Me planteo si esta vida que tengo la he escogido yo. Me planteo si mis padres podrán envejecer tranquilos y si acaso la rabia me dejará respirar con calma algún día. No, no quiero meditar ni hacer yoga. No quiero escapar de esta realidad, por muy cruda que sea. No quiero mirar para otro lado y conformarme con la venta de electrodomésticos o productos de belleza.

No, no puedo hacer una vida normal, ni plantearme un futuro en estas circunstancias. Puedo escribir, puedo ser yo, puedo leer y escuchar, puedo intentar pensar que seremos capaces de volver a nosotros mismos. Que dejaremos de lado esa estupidez de la reinvención y empezaremos a priorizar aquellas acciones que nos hacen seres humanos. Aquellas luchas que nos vendieron como perdidas, son las únicas que siguen confiando en nosotros. La lucha contra el cambio climático, o el cambio de paradigma económico, por ejemplo. Son luchas que dependen de nuestra determinación e identidad. Son luchas que nos necesitan completos, despiertos e íntegros.

Me siento engañada, sí, pero si algo he aprendido durante todo este recorrido de precariedad y reinvención, es a confiar en mis compañeros de clase. Ellos entendían lo que era escribir una noticia siguiendo una regla que se había quedado obsoleta hace más de treinta años. Ellos saben lo que es renunciar, perder y nunca ganar. Ellos saben que solo ayudándonos podemos ganar esta crisis infinita. Solo riéndonos, caricaturizando, cuestionando, creando, dialogando, encontrábamos el sentido a todas esas horas de clase teórica. Solo compartiendo experiencia dejamos de renunciar y empezamos a crear.

Lo mejor de todo esto es que estamos curtidos en la desaprobación y el desengaño. Que estamos preparados, formados, híperformados. Que estamos esperando a que nos den la oportunidad de ser quienes realmente somos.

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