I do things with words

hunger

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No puedo dejar de leer a Amélie Nothomb. Tampoco puedo evitar pensar en el frigorífico lleno de flores, esa imagen visionaria de Joan Russ abriendo la nevera de una chica de quince años en los años setenta del siglo XX para encontrarse rosas rojas. Capullos de rosas rojas desbordándose del refrigerador. Una imagen que el resto del tribunal no entendió. Eran hombres. Era una chica volviendo a casa después de su primera cita con quince años. Era una casi mujer sentándose en la mesa de la cocina cansada y decepcionada. Abriendo la nevera con la esperanza de encontrar algo reconfortante y dulce. Encontrando, en su lugar, flores con espinas, bellas hasta la muerte. Joan Russ interpretó a esa casi mujer desde su crecimiento como adolescente que alguna vez fue. Joan Russ la nombró como finalista del galardón. Los hombres del tribunal descartaron el relato. Cómo interpretar un mundo al que ellos nunca se acercaron. Nosotras leímos su mundo pero ellos nunca el nuestro. Me gusta Amélie Nothomb porque escribe como un hombre en un mundo de mujeres. Me gusta porque nos adentra en ese mundo con mirada inexperta y curiosa. Ella que es mujer. Y que se desconoce incluso. Y no entiende lo que atormenta a las otras. No lo comparte ni lo comprende. Pero esto no le preocupa. Porque ella solo quiere saciar su hambre, sentir placer, adorarlas a todas. Ella abre el frigorífico y en él se acumulan todas las flores del planeta, ordenadas por colores, listas para ser engullidas. Ella abre la nevera y elige. Y por eso me hechiza su lectura. Porque es poder con nombre de mujer.

Sentir hambre es liberador. No saciarla nunca es esclavitud. Nunca dejar de sentir hambre es una búsqueda constante. Miro a las flores y siento hambre. Me peino y siento hambre. Me toco y me ruge el estómago. Cómo no sentir hambre si he nacido para ello. He nacido para todo este placer. Por qué renunciar a ello. Por qué renunciar a saciar el hambre insaciable. Por qué dejar de sentir hambre. Porque quieres dejar de sentirlo todo. ¿Podemos sentir de manera equilibrada? ¿Podemos calmar el hambre sin sentir la saciedad absoluta? Amélie Nothomb no puede. Por ello decidió anular su hambre, su instinto. La única forma de hacerlo era dejándose morir por su propio mal. Morirse de hambre. Pero la vida fue más fuerte. Ella nació para saciar su hambre, no para morirse de hambre. El placer la salvó. El recuerdo del mismo quiero pensar. Admiro a las personas que viven y responden a todas las señales de su instinto. Como las flores. Cómo no ser una flor cuando me dan la oportunidad de serlo. Quién osaría retar a la naturaleza. Solo el ser humano.

Quiero pensar que en el hambre de Amélie Nothomb hay más que hambre. Cuando menciona el amor que siente hacia todas esas mujeres que pueblan su vida reconoces que las ganas insaciables no son tanto de comida, sino de cariño. Un amor salvaje, una necesidad continua de conocimiento y aprendizaje, arte y agua. Reí con su obsesión por el agua y por sus predilectas amigas. Como habla de la muerte es liberador. Libera saber que merece la pena vivir por el placer. Por muy cursi que suene, cuando Nothomb es todo lo opuesto a la poeta romántica, acabamos decidiendo vivir por amor. Por ese sentimiento que nunca es suficiente, que siempre pide más y más.

Una flor no se conforma con crecer, una flor quiere volver a crecer a la primavera siguiente, más alto, más fuerte, más bella. La vida nunca tiene suficiente de nada que le recuerda porque existe. Al menos que vivamos la guerra, que perdamos a aquellos que amamos. Al menos que olvidemos quiénes somos. Entonces sí, entonces queremos dejar de crecer. Entonces queremos dejar de sentir placer, pero sobre todo, pena, porque la pena acaba por invadirlo todo. La pena nos recuerda que existe el goce. Amélie quiso dejar de sentir pena. Pero dejó de sentir placer al mismo tiempo. La vida dejó de tener sentido. Ya no había placer. Ya no había pena. Ya no había instinto, ni mujer, ni hambre. El poder de quitarnos la vida. El poder de desaparecer. Solo nuestro. Ni de las flores ni de los animales. Cómo os atrevéis, preguntan las flores. Cómo osáis rendiros.

Cómo no hacerlo si duele tanto. Cómo hacerlo si somos cobardes. Si solo queremos saciar nuestro hambre. Nos hacemos daño pero también nos curamos. Amamos y olvidamos. Sanamos y aprendemos a crecer. El hambre del niño despierta en el adulto de vez en cuando, recordamos el placer de vez en cuando.

La aceptación del dolor salvó a Amélie. Y su amor. Aunque suene cursi y romántico. El amor es hambre, al fin y al cabo.

Amélie Nothomb
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