I do things with words

nail polished

Hace dos años que no me pinto las uñas. Y me he acordado justo ahora. Era un recuerdo que no existía. Estaba esperando este momento para estrujarme con su evidencia: hace dos años que no me pinto las uñas. Y hace dos años que dije basta. Que nunca más. El acto de pintarme las uñas se convirtió en una renuncia. No sé cómo ni por qué, pero no me las he vuelto a pintar desde el 1 de agosto de 2018. Hasta ahora. Me he despertado de una siesta en la que he soñado que dormía en este mismo sofá, a esta misma hora, en soledad. Y en ese sueño soñaba que dormía y que soñaba de nuevo, y en ese segundo sueño, en esa segunda capa, estaba mi cuerpo, desnudo y esperándome. Y yo lo miraba como quien mira una obra de arte, con curiosidad y escepticismo. No creía que aquello pudiese estar vivo. Pero lo estaba. Lo supe porque sudaba. Porque era un cuerpo desnudo que sudaba. Era yo, tal cual estoy ahora, era yo revelándome.

Me ha costado tanto despertarme. He sentido esa sensación de falta de aire, de angustia en el cuello. He apretado los ojos con fuerza, he intentado moverme. Pero hasta que no respiré tranquila, hasta que no me reconocí en ese cuerpo desnudo, no me desperté. Por mucho que me agitase, el ancla de la apertura de ojos estaba en mi propia mirada, en mi segundo sueño, en la segunda capa.

Y ahora, ya despierta, chorreando humedad y con un sudor que ya empieza a congelarse, cae la lluvia. Primero débil, se enfurece poco a poco. Yo me levanto. Cojo esa bolsita de aseo donde mi madre guarda todos los cachivaches de manicura. Me siento en el sofá del porche. El sonido de la lluvia lo ocupa todo. Elijo el color. Me limo los extremos. Los limpio. La primera capa. Mi mano temblorosa. La segunda capa. La izquierda me falla en ocasiones. El brillo final.

La lluvia me abandona. Y con ella se va la humedad. Escucho de nuevo a las chicharras. El rumor de los coches se percibe al fondo. Sonrío al pensar que la lluvia me ha dado una tregua para que se me seque el esmalte de uñas. Pienso en el tiempo. No sé qué hora es. Ha dejado de importarme.

Cuando se secan me acuerdo. Me acuerdo de ellas. De todas ellas. Me pregunto qué será de sus vidas. Qué estarán haciendo en esta tarde de verano. Si se siguen pintando las uñas. Si acaso la manicura sigue siendo un ritual para ellas.

Algo en mi cabeza decidió renunciar al esmalte de uñas hace dos años. Ni siquiera me había planteado que esto estaba sucediéndome. Me aterra pensar que puedo desconocerme tanto. O, acaso, ¿me ilusiona?

Siento que he superado algo y ni siquiera sé el qué. Siento que este acto estúpido tiene una trascendencia esencial en mi vida. Lo tuvo al dejarlo, sin saberlo, lo tiene al retomarlo, ya consciente.

Quizás crecer sea esto. ¿Pintarse las uñas? No creo. Tal vez la clave esté más en el poder recordar. En recordar y no acabar desquebrajada. En la perspectiva del tiempo. En la segunda capa del sueño. En la calma necesaria para poder despertarte. Para poderte dar cuenta de que el cuerpo se te revela, te acompaña, duerme, suda. Y que pintarte las uñas ya no te asfixia. Ya no son ellas. Eres tú. Aquí, oliendo a tierra mojada, a acetona barata, a un pintauñas que sin quererlo se ha convertido en recuerdo. En sanación.

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